jueves, 15 de abril de 2010

La incertidumbre

El ambiente se había puesto demasiado tenso, no dejaba de mirarme con recelo, quizás quería que me alejara de él, pero la incertidumbre me envolvía como el fúnebre velo de una muerte anunciada.
La lluvia no cesaba y la oscuridad nos envolvía. Estaba impávido, no me atrevía a pestañar siquiera, sus ojos fijos clavados en los míos me entumecían los huesos.
Opté por el camino más seguro. Lentamente comencé a retroceder sin dejar de mirarlo, no me podía arriesgar, cualquier movimiento en falso podría desencadenar una agresión de su parte, la cual no quería recibir.

Cuando me encontraba a unos escasos tres metros de él, decidí dar la vuelta. En ese instante se sumergió entre los harapos y cartones para protegerse del frío. Sin embargo, podía ver el brillo de sus ojos en la oscuridad, fríos, intensos y fijos en mí.

Esta vez tenía que intentar algo distinto, una nueva estrategia para acercarme. Lo miré, algo invadió mi cuerpo, de alguna u otra forma pude comprender su dolor por un instante. Quede perplejo mientras se me ponía la piel de gallina. Un escalofrío recorría mi espalda mientras mi mochila se deslizaba de mis dedos. ¿Qué me pasa? No puedo dejar de mirarlo.

Un relámpago logró romper la hipnosis. Todo pareció desaparecer. Estaba claro, tenía que intentarlo una vez más. Compré en el kiosco un sándwich de jamón y queso, le pregunté al vendedor si tenía algo caliente. Esta vez con una leche bastaría.

Mi corazón latía cada vez más fuerte mientras me acercaba a ese conjunto de trapos y cartones. Tembloroso mi cuerpo se demoraba en reaccionar. Estoy llegando, lo miró fijamente, pero esta vez no estaba dispuesto a salir.

La noche se ponía cada vez más obscura, el frío penetraba en mis huesos y en la cara se me hacían heridas. Sin embargo no podía salir de ese lugar, tenebroso, escalofriante y con ese árbol que con la oscuridad de la noche parecía hacerse más grande.
Tendría que acercarme más, esta vez no había espacio para equivocaciones, cualquier error podría ser fatal.
¿Qué haría? No sabía si dejarle los alimentos fuera de lo que consideraba que era su casa, o esta vez ser más arriesgado y entregárselos personalmente mientras le doy una palabra de aliento.

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